28 feb. 2011

Charlando con un compañero del Caribe...

Hablando hace un tiempo con un viejo militante bolivariano, fiel soldado del compañero Hugo Chávez Frías y ex embajador venezolano en tierras gauchas, caí en la cuenta, gracias a las palabras de este sabiondo caribeño, de que nuestro país, más allá de todos los tropezones y las miserias propias del hombre moderno, posee una riqueza política -me animo con el término- de vanguardia.
Siendo un parido del neoliberalismo y de la crisis del 2001, me costó mucho comprender el mensaje que intentaba expresarme el venezolano. ¿Argentina, el país del desorden, de la corrupción, de la indiferencia, vanguardia en materia de política? ¿Argentina, un país que sigue sanando las heridas del menemato, un ejemplo de democracia republicana y representativa? ¿Acaso este país puede estar viviendo un proceso político de avanzada y dar debates de semejante envergadura, vedados en otros rincones del planeta? Naaaah, es una locura, no puede ser cierto. Los medios me dijeron que estábamos peor que Usbekistán y yo me comí el bollo amarillista bien comido. Y claro, si acá hasta hace 9, 10 años atrás matábamos con nuestra policía corrupta a un Kosteki y a un Santillán; desaparecía, hace 5 años, una eterna víctima de la represión feroz de la última dictadura y de las actuales mafias que siguen operando en la bonaerense; en Neuquén, hace recién 4 años, la policía local liquidaba a quemarropa a un docente que reclamaba por su salario; y en 2009 desaparecía un pibe que fue brutalmente asesinado por... Adivinen quién. En fin, con la cana siempre al frente de la lista de los verdugos, difícil es creer -más aún si nos atenemos a la descripción weberiana del Estado Moderno y su razón de ser a partir del monopolio de la violencia- que la Argentina sea un país de avanzada en materia política, en cuanto a los procesos que se gestan y los debates que se dan en la agenda pública. Difícil es creer que en este país de las Banelco, de las manos en la lata, de la media decena de presidentes en una semana y las desapariciones en democracia  podamos estar viviendo un proceso maduro en términos políticos. A mí en lo personal me costó mucho entenderlo; puede que esté errado en mi apreciación pero, no obstante, insisto en que las palabras de este viejo conocedor de la política, no sólo argentina, sino mundial y, particularmente, latinoamericana, me sirvieron de mucho para reflexionar nuestra realidad nacional.
Digo, la democracia en Argentina, hoy por hoy, si lo pensamos un instante, es un ejemplo para muchas otras democracias representativas. No sólo en materia de inclusión social, que avanza de manera progresiva año tras año, sino además en términos de libertad de expresión y, en tal sentido, de liberalismo político (ojo, que quede claro, político, no económico). Un liberalismo político que se refleja, en primer término, en la NO represión a las protestas sociales, columna vertebral de dicho liberalismo, defendido a rajatabla -haciendo cumplir su palabra y compromiso- por el ex presidente Néstor Kirchner, y la actual presidenta Cristina Fernández. También, por otra parte y en esta misma línea, es evidente, a todas luces, que el liberalismo político y la libertad de expresión se encuentran encarnados en la pluralidad de voces que hay en los medios de comunicación y -más allá de lo perjudicial que sea para la democracia misma- en la soltura que tienen los opositores para defenestrar al gobierno, la mayoría de las veces con mentiras descaradas, llegando al límite del insulto y la provocación, propios de quien no tiene argumentos sólidos para defender sus ideas (... o conveniencias). 
Siguiendo con esta idea del liberalismo político, pregunto: ¿pasó algo similar en otro momento de la historia, en estas mismas tierras de encuentros y derrotas? ¿Acaso en la maravillosa experiencia del primer peronismo la oposición tuvo los espacios que hoy acaparan los monopolios mediáticos opositores al modelo nacional y popular? ¿Los milicos permitieron la emisión de voces extrañas a sus mensajes? ¿El menemismo tuvo sus detractores a flor de piel con los espacios suficientes como para llegar al grueso de la sociedad? Son retóricas las preguntas, claro, pero creo que pueden servir para cerrar el concepto del liberalismo político que adjudico, sin vacilaciones, al kirchnerismo. 
Acá he llegado a escuchar que el ex presidente (Q.E.P.D.) era un déspota, un corrupto, un loco, un acomplejado... ¡Hasta después de muerto! (¿Vieron la nueva colección de la revista Noticias sobre el kirchnerismo, cínicamente titulada, "Néstor Kirchner Vive"? Da vergüenza ajena el nivel de gorilismo al que llegan estos muchachos). He visto en la televisión gente decir que nuestra presidenta es una tirana, una cualquiera, una sinvergüenza, sin que nadie les diga nada, ni les frenen el carro por sus dichos. Sin ir más lejos -obviando los insultos de Carrió que ya son un clásico grotesco cada vez que abre la trucha-, ¿recuerdan la caracterización de la presidenta en el programa de Tinelli? YO HUBIERA LEVANTADO ESE PROGRAMA CUANDO HICIERON ESA BURLA IRRESPETUOSA QUE SE MOFABA NO SÓLO DE LA PRESIDENTA Y OTROS POLÍTICOS, SINO DE LA DEMOCRACIA EN SU CONJUNTO. Y con esto me deschavo, queridos lectores; me doy cuenta de que soy más autoritario de lo que pensaba. "¡Más autoritario que los Kirchner!", diría una vieja pituca de barrio norte. Fuera de joda, esto para mí fue una enseñanza y debió serlo para muchos que, posiblemente, hayan sentido lo mismo: el gobierno no cerró, ni cierra; no clausuró, ni clausura; no calló, ni calla. El gobierno, el proceso kirchnerista, da cabida a la pluralidad de voces, a la pluralidad de manifestaciones (vean las carpas de los ex combatientes de Malvinas en Plaza de Mayo; cuenten las numerosas manifestaciones y cortes que se efectúan en todo el país; recuerden cuánto tiempo duró el corte de los asambleístas en Gualeguaychú) y, en este desenvolvimiento, con este ejemplo, da forma a esto que llamo liberalismo político. A la libertad política de hacer y expresarse, en favor, en contra y con indiferencia, sin que nadie acalle lo que se dice y lo que se piensa.
Luego de plantear esta primera noción que caracteriza, según lo dicho, el carácter democrático y plural de la democracia actual de la Argentina, pasemos a un análisis más revisionista y político del asunto. 
En cuestión, el compañero venezolano, a quien ya teníamos casi olvidado, me dio un cachetazo -metafórico, claro, no pintaron los guantes, sino que hablamos en términos muy cordiales y casi afectuosos- al hacerme comprender que procesos como el Peronismo no se han vivido en muchos otros lugares. De hecho, si nos atenemos a las realidades particulares y las coyunturas históricas y locales de cada país, nunca habrán procesos idénticos, puesto que cada sociedad define su sistema y su dinámica política de manera diversa, según sus propias características. En esto, claro, como argentinos, seamos gorilas o peronistas, hay algo que ninguno podrá negar jamás porque así lo ha escrito -y aún lo escribe- la historia: el Peronismo fue  -y es- un antes y un después y ha determinado -y determina- el devenir político de nuestro país y seguramente lo seguirá definiendo por algunos años más. El Peronismo, en tanto proceso político de masas, organizador del movimiento obrero de nuestro país y primer proyecto federal de un Estado presente, redistributivo y equiparador de condiciones para todos los argentinos (y por primera vez, para las clases bajas, los desposeídos, los negros y grasitas), ha significado una vuelta de tuerca en la historia de nuestra democracia. Más allá de los conocidos principios de la justicia social, la soberanía política y la independencia económica, el Peronismo llegó a nuestra tradición política para perpetuarse a través del ideal de un Estado omnipresente, fuertemente vinculado a las doctrinas del keynesianismo, pero aplicadas desde la lógica gaucha -y esto lo digo con orgullo quirogiano- de la Tercera Posición, en medio de la debacle mundial que significó la IIGM y la polarización del mundo. El Peronismo es un invento bien nuestro, sólo nuestro y sólo aplicable a nuestros códigos. Si bien Brasil tuvo la experiencia del Varguismo, su envergadura no es comparable con la del peronismo y lo que significa hoy el peronismo, aún, en la Argentina. El Peronismo es parte de nuestro folklore  y difícilmente algún político -por no decir cualquier ciudadano común- actual pueda renegar del mismo. Es más, la mayoría de los sotas que quieren aparecer, entre gallos y medianoche, en la política, se dicen "peronistas" porque saben que es un camino fácil y accesible de entrar en el juego del poder (léase Macri, léase De Narváez). Porque es eso -casi me olvido-: el Peronismo representa, en gran medida, el juego del poder político. Hoy por hoy -¡todavía hoy! Después de tantos años y con la dictadura mediante-, el poder sigue estando inserto en la estructura del Peronismo y por fuera del mismo es muy difícil llevar las riendas del control político del país.
En fin, hecha esta aclaración de lo relevante e inherente que es el Peronismo respecto de la política argentina (eviten insultarme por ser redundante en un tema que seguro ya lo deben tener más que claro), quiero pasar a conectar la importancia del mismo con esto que mencioné desde un principio, sobre la madurez política de nuestra sociedad y nuestra democracia. El amigo venezolano me decía "Ves, pannita, en nuestro país, con una realidad muy distinta y en otro momento de la historia, estamos viviendo un proceso bastante similar, en cuanto a algunas formas, al que ustedes ya vivieron, pero hace más de 50 años". Claro, ¿quién no ha escuchado los mismos reproches que le hacen a Chávez, de los que le hacían a Perón -y hasta algunos de los que le hicieron a Néstor y llegaron a hacerle a Cristina-? "Dictador, tirano, milico". Eso sí, Perón era nazi; Chávez, comunista. Pero más allá de estas nimias categorizaciones opositoras, es realmente paradójico -vamos, sean sinceros, lo habrán pensado más de una vez- ver cómo existe cierta analogía atemporal entre el Peronismo y el Chavismo. Dos militares, que formaron parte de partidas golpistas para bajar regímenes de gobiernos corruptos, que se hicieron del amor popular, ese que salió a vitorearlos y elevarlos hacia lo más alto del liderazgo carismático y que también supo derramar su propia sangre cuando hizo falta defender al proyecto popular. Ojo, no quiero hacer reduccionismo para que me quede bonita la analogía; es cierto que Chávez tuvo su Puente Llaguno y su Revolución no transmitida y Perón, por su parte, tuvo un 16 de septiembre de 1955, 18 años de Resistencia y una dictadura atroz que aniquiló esa "Juventud Maravillosa". Insisto, es imposible pensar ambos procesos como lo mismo, puesto que las coyunturas, las causas, los devenires, absolutamente todo, es distinto. Sí podemos plantearnos la idea de los populismos, el liderazgo carismático, la organización sindical, la semejanza de algunas políticas intervencionistas y el rol del Estado. Claro, Chávez no tuvo una Eva y nadie jamás la tendrá más que nosotros, sus herederos (y Perón, claro, su viudo esposo). En resumen, no quiero seguir ahondando en esto, puesto que me desvío un poco del tema; el punto al que quiero llegar es: la Argentina ya vivió su experiencia populista, de liderazgo carismático, de organización del movimiento obrero y de la intervención de un Estado fuertemente visible en todos los ámbitos de la vida pública y social. Mal que les pese a los antiperonistas -y hoy, también, a los antikirchneristas-, el Peronismo fue un proceso grandioso que nos habilitó a estar hoy donde estamos. Y quizás, en gran parte también, fue gracias a los mismos antiperonistas, quienes con su odio clasista y antipopular, nos ayudaron, como sociedad, a depurar en todos estos largos años los problemas más sanguinarios y estructurales del odio de clase (aclaro: con esto no digo que hoy  no exista ni el odio clasista ni el antiperonismo, sino que su viva expresión más violenta ya tuvo protagonismo en las páginas más oscuras de nuestra historia). Entonces, como decía, gracias a estos procesos del devenir político de nuestra historia nacional hoy estamos viviendo una democracia moderna, donde las voces son distintas y tienen su lugar; donde ya ninguna persona puede condenar a otra por amar y acostarse con la persona que quiera; donde se discutió una Ley de Medios democrática y no se cierran los canales o los diarios; donde los pibes están cubiertos para ir a la escuela pública; donde los ancianos reciben una jubilación digna; donde las mujeres tienen protagonismo y, poco a poco, vamos barriendo ciertos estigmas machistas (aunque todavía nos cueste mucho como sociedad); donde el fútbol, pasión nacional indiscutible, llega a todo el país sin necesidad de pagar por la transmisión, entre otras cosas. Y este no es un mérito sólo del Peronismo, claro que no; el proceso democrático que vivimos y las victorias que se han venido conquistando en los últimos años son el resultado de otro protagonista político que es reciente y, sin lugar a dudas, tendrá sus largas páginas en los libros de la historia que aún no se han escrito: es el movimiento Kirchnerista que, arraigado a la tradición del Peronismo por definición y origen, nace en tanto proceso novedoso y con una identidad que le es propia y que, a medida que pasa el tiempo y se recrudecen más los antagonismos, es más clara. En esto más de uno se sentirá identificado ya sea porque es algo que le pasa directamente o conoce a alguien que se lo ha dicho, y es el hecho de "ser kirchnerista y no sentirse peronista". Y es totalmente entendible. No sólo para los jóvenes que no hemos tenido una buena imagen y experiencia del peronismo, en nuestra corta vida y hasta que llegó Néstor al gobierno, sino además, para todos aquellos adultos que nunca han sido peronistas pero que sí son kirchneristas porque los convoca la Patria en estos tiempos de disputa política y de poder, donde nuestro objetivo es vivir en un país más justo, igualitario y de derecho para todos. Sin ir más lejos, y permítanme la intervención familiar, mi abuela que siempre ha sido una férrea antiperonista, hoy es más K que todos los panelistas de 6,7,8 juntos. Y eso que es una señora grande, pero eso es lo que nos llena de alegría y, al mismo tiempo, nos extraña y sorprende: muchos antiperonistas, que en muchos casos no alcanzaron la categoría de gorilas (en otros sí, claro, por ejemplo, mi querida abuela), hoy son del palo, son K, y los encontramos no sólo en algunos puestos como funcionarios del gobierno, sino también en las calles, militando el proyecto y saliendo a defenderlo cuando hace falta.
En este punto quiero señalar el carácter convocante, populista y heterogéneo del Kirchnerismo, en tanto encarnación política de la democracia que vivimos. Este movimiento convoca extractos sociales de todas partes; personas de distintos orígenes; militantes de distintas tradiciones y, también, personas de todas las edades. El Kirchnerismo no es clasista, es bien populista, pero populista en serio, porque es el Pueblo, en todas sus facetas, el que lo acompaña. Y, fuera de joda, siendo sincero, se me pone la piel de gallina cuando veo el intercambio intergeneracional al que me invita el Proyecto Nacional y Popular. Realmente es fantástico compartir un proyecto político de país junto a personas de distintas edades y distintas procedencias, porque es esa confluencia la que enriquece aún más al movimiento y también a la democracia. El hecho de sentarse a discutir política -que ya no es una desubicación, ni una cosa vedada, gracias, sí, exclusivamente, a Néstor y a Cristina- con tanta gente distinta, sean o no adherentes al modelo del kirchnerismo, es un acto de libertad y revaloración de la democracia y la política que muchos creímos que no sería fácil de conseguir hasta hace no muchos años. Y esto lo digo porque la realidad nos demostró que después de la 125, la Argentina cambió la intensidad y el ritmo de sus debates políticos. Hoy estamos todos convocados a la discusión. No necesariamente para consensuar, ni tampoco para pelearnos. Disertar, debatir y fundamentar las ideas de cada uno es un ejercicio democrático que, en condiciones de poder decir lo que uno piensa, es liberador y hace a la maduración de los procesos sociales y de la misma sociedad.
La democracia de hoy, en la Argentina, nos ha devuelto la posibilidad de ser sujetos de derecho, con derechos, y con libertad de reclamarlos. Hasta no hace mucho tiempo atrás las palabras "igualdad", "solidaridad", "redistribución", parecían olvidadas, relegadas a algún tiempo de la historia en que, bueno, las cosas eran distintas, entonces era posible debatir y hacer política a partir de esos términos. Hoy la realidad es distinta porque, por ejemplo, existe una medida como la Asignación Universal que, fuera de joda, es más revolucionaria -en materia económica, por la injerencia que tiene en la economía nacional- que muchas otras medidas en otros países que también están viviendo experiencias políticas progresistas y populares. Pero acá tenemos un alcance de debate que es diferente. Brasil si bien tuvo la experiencia de Lula -y hoy la tiene a Dilma-, posee una tradición política distinta porque, como bien lo indica su lema -"Ordem e Progresso"-, existe y existió un proyecto de país que persiste aún luego de Lula -de hecho, lo precede- y que se traduce, claramente, en el desarrollo industrial que tanto beneficia la economía brasilera y tanto avanzó, a diferencia de nuestra lejana industrialización que ahora, nuevamente, asoma por el horizonte. Por otra parte, Bolivia, que si bien está dando pasos agigantados en tanto que ha consolidado la posibilidad de tener como presidente a un líder sindical de raíces aymaras, padece dentro de sus tierras andinas muchas discusiones que se suscitan en torno a mensajes de xenofobia, racismo y discriminación, en donde la oposición de la medialuna separatista del Beni, Pando y Santa Cruz, esbozan, a través de sus medios, críticas y fuertes declaraciones en contra del "indio que tienen como presidente". Con esto apunto a que, si bien en Argentina también somos testigos y partícipes de debates en torno al racismo, sobre todo vinculados a la inmigración de países limítrofes -veamos las controversias que surgieron a partir de la toma del Indoamericano y, sin ir más lejos, las propuestas del PRO se condicen con esta línea racista-, ya hemos alcanzado cierto grado de madurez al punto tal de que en los medios ningún periodista osaría a hacer declaraciones serias hablando de "indios" que hacen tal o cual cosa. Puede que de una manera u otra digan lo mismo o tengan una misma raigambre ideológica con esos cobardes cipayos del oriente boliviano, pero en nuestro país no pueden desfilar, como si nada, camiones que luzcan svásticas en sus puertas porque la sociedad no lo toleraría. Cerrando un poco esta idea, es menester no olvidar que Bolivia sí tuvo, allá en los comienzos de los años '50 una experiencia revolucionaria en donde el proletariado minero protagonizó esas heroicas jornadas que acabaron siendo traicionadas por el mismo partido revolucionario... Pero esa es otra historia.
Si bien la Argentina debe tolerar numerosas irreverencias, faltas de respeto, obsenidades y desatinos por parte de quienes tienen el uso de la palabra pública y ocupan un lugar en los medios de difusión, existe en nuestros códigos políticos un nivel de maduración que es ejemplo para otras sociedades. Ni Uruguay teniendo como presidente a un Tupa, ni Chile, que supo vivir la experiencia del gobierno socialista del Chicho Allende y hoy está en manos de un empresario que hace de lo que toca un negocio, están dando los debates de pluralidad, inclusión e igualdad que nosotros tenemos la fortuna de sí poder darlos. Y, aprovechando lo mencionado anteriormente sobre aquellos que tienen el uso de la palabra pública y expresan su voz en los medios de difusión, esto también es un punto que tenemos ya tratado y definido, aunque ciertos jueces y grupos estén siendo manipulados por intereses mezquinos que no permiten la aplicación plena de nuestra Ley de Medios.
Con todo esto, entonces, digo: ¿Tan erradas eran las palabras del camarada venezolano? En lo personal ya me he convencido de que no y he profundizado en el tema y creo que he llegado más lejos. Sobre todo en este último tiempo, cuando el torbellino de los hechos y sucesos políticos nos ha empezado a sobrepasar y los debates nos han empapado por completo. Hoy retomamos las riendas de la discusión política y somos todos, seamos de donde seamos y seamos quienes seamos, partícipes de los procesos que se gestan. La política ha vuelto al centro de la escena y ya no sólo desde el lugar de lo vedado, de la indiferencia, la no participación, sino desde un interés social y ciudadano por fortalecer el crecimiento político como individuos y como sociedad, lo cual hace más valorable nuestra democracia. Por eso, cuando en el Congreso aparece una Hotton, o una Carrió, o una Bullrich vociferando mentiras peligrosas ante las cámaras, para las tapas de los diarios, para desestabilizar un gobierno o, sencillamente, para tener, aunque sea por unos días, un poquito de protagonismo mediático, a mí me da no sólo pena por el retroceso que esos hechos significan para el desarrollo de las discusiones políticas, sino vergüenza, porque pareciera ser que estas personas, que debieran ser representates de la voluntad popular, desconocen nuestra historia, desconocen la muerte de Bordabehere, desconocen que esas mentiras e injurias amenazan a la democracia, aunque sea en forma mínima y patética, pero la amenazan porque la manchan, y un país como el nuestro ya no está para ensuciar la democracia.
Nuestro país se dirige hacia un rumbo político que hoy está  convulsionadísimo por el tremendo año electoral que nos toca. Seguramente nos esperan, a la vuelta de la esquina, numerosos debates y discusiones -y, tal vez, algunas operetas desestabilizadoras que nos retrotraen a los hechos lamentables ocurridos tiempo corto atrás, en donde han muerto personas sin razón ni justificación alguna, de manera impune e injusta- por dar, y que serán fundamentales en el desarrollo de los próximos meses y de la agenda política que debamos afrontar. Hoy, sin lugar a dudas, hay un resurgimiento del compromiso político y militante por parte de muchos sectores de la sociedad: jóvenes, laburantes, artistas, profesionales, grupos originarios, activistas de diversas ramas, abuelos, militantes de la justicia, en fin, muchos, muchísimos sujetos que hoy han retomado las banderas y el compromiso -para no decir "etc."-. Estamos viviendo una suerte de revancha histórica que nos regala el nuevo milenio de la mano del kirchnerismo, que llegó para hacernos volver a creer en los valores de la militancia y el activismo político. Un dato interesante, en tal sentido: los momentos de la historia nacional en que se lanzaron la mayor cantidad de libros y publicaciones, gracias al crecimiento productivo y cultural, fueron en 1952, 1973 y 2009 (quizás no tenga nada que ver, pero me parece un lindo dato). Estamos viviendo la historia y muchos de los sucesos que ya hemos aravesado han sido historia palpable, historia real, de la que seguramente nos enorgullezcamos de relatar a nuestros nietos cuando seamos viejos y, ojalá, vivamos en una sociedad aún mucho más avanzada y sensata consigo misma, en donde la política siga siendo un valuarte de discusión intelectual en pos del progreso colectivo y no un recurso individual de acumulación de poder. Para ello es fundamental que sepamos defender las conquistas logradas, adherentes o no a este proyecto, siendo sinceros con nosotros y con el resto de nuestros compatriotas, porque hay asuntos que no tienen más verdad que la realidad y eso es irrefutable.
La Argentina, con todos los defectos que nos quedan por resolver, es un país que da lugar a la diversidad y que ya ha retomado la importancia de la inclusión, la solidaridad y la igualdad de todos los habitantes de estas tierras, siendo fieles al preámbulo de la Constitución que nos parió como República. Hoy estamos siendo testigos de una "avanzada" en términos de derechos, y nos hemos convertido en sujetos, nuevamente, políticos, con capacidad de acción e injerencia, porque así nos lo demanda la coyuntura. Seamos responsables con nosotros mismos, con nuestra sociedad y con nuestra Patria, que más allá de sus cicatrices y las heridas que aún sangran, todavía sigue con la frente en alto, atisbando un porvenir más cálido y justo. Es nuestra responsabilidad para que no hayan más Kostekis ni Santillanes; ni López, ni Fuentealbas, ni Arrugas, ni Ferreyras, ni Quoms. Para que no haga falta, tampoco, que venga un morocho simpático del caribe bolivariano a enseñarnos que muchas de las cosas que añoramos y deseamos, en realidad, están delante de nuestros ojos, esperando a ser retomadas y apropiadas por nuestras manos como banderas de luchas, y las alcemos, pese a las adversidades, hacia la victoria.

3 comentarios:

  1. Se me fue la mano con la extensión. Tengo que mejorar eso. Si llegan al final, además de ganar un premio a la perseverancia, no dejen de comentar.

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  2. Amigo de la casa, modesto. http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Uwo6sg6DSjY

    Y si, había que hacer varios capítulos, jaa. cuando tenga tiempo lo termino de leer y le pongo un poquito de sal.
    Abrazo,
    lipa.

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  3. El peronismo es un monstruo criollo que todo lo arrastra, lo fagocita y lo vuelve a escupir desde sus entrañas.
    Tenes razón, el peronismo representa el juego del poder político, pero desde un método efectivo: la chicana. La chicana es al peronismo lo que la diálectica es al marxismo.
    Y quizas una de las mayores virtudes de este movimiento tan promiscuo, es la de adjudicarse- con pequeños gestos, medidas y leyes- los méritos de las luchas que otros dieron durante largos años. El caso más cercano es el de la ley de matrimonio homosexual. Fue una lucha de décadas que dieron los sectores de izquierda que Cristina supo opacar con el toque final, asegurándose todos los aplausos. Ojo, no está mal, pero tampoco seamos malos: es como el jugador que la recupera, corre por la banda, se amaga a cuatro tipos, te deja solo en el area chica , el otro la puntea, y se va festejando solo mientras se besa la camiseta.

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