2 nov. 2010

Florencia.


Me cayó la ficha.

     Hoy, finalmente, sucedió, al ver el documental que hizo la productora Perro en la Luna sobre Néstor Kirchner. Y el comienzo de 678. (Claro: los documentales y los informes tienen la grandeza de mostrarme, en diferido, aquellas cosas que quizás se me pasaron por alto en el barullo de la cotidiana, de la guerra mediática, y de la propia inmadurez e inconciencia). Se me cayó la barrera, cedió el dique. Lloré en la penumbra, enrollada en el sillón, abrazada al gato.
     Pero no lloré de tristeza. Yo a Néstor no lo conocí: como persona, me era ajeno.
Lloré de ternura: por su infinita ternura ante los humildes, ante sus hermanos, ante los jóvenes, ante las Madres y Abuelas. La ternura con la que hablaba de la Justicia, la voz amorosa que posaba sobre sus actos de reparación y sanación. Como un chamán.
     Lloré también por el dolor de Cristina: enviudar amorosa y políticamente en simultáneo, y en vivo por cadena nacional. Aunque la presencia del Pueblo, estoy segura, la habrá reconfortado; es sin embargo un vacío imposible, un inconmensurable de la imaginación. 
     Lloré por la admiración que él le profesaba; por cómo la hacía crecer sin opacarla o someterla. Al contrario: él estaba visiblemente orgulloso de su brillo. Qué varón, qué varón.
Lloré finalmente por el amor, la admiración y los testimonios de compañeros y compañeras que lo conocieron de cerca; gente a quien Néstor les hablaba y, sobre todo, escuchaba.
     Lloré por mi arrepentimiento retroactivo, por el horrible destino de habernos desencontrado; pero aún así con la segura convicción de que llevo una millonésima parte de su legado, de su testimonio y de su causa.
     Lloré, finalmente, contenta, porque siento una enorme gratitud. La deuda, que antes era la "deuda social" del Estado para con el Pueblo, se invirtió: ahora, es nuestra para con la política. A moverse, pues.

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