5 nov. 2010

Alejo.


No, ese día no tuve ese recuerdo de la propia muerte que dicen después olvidamos para poder vivir y del que alguien en la tele habló antes que la apagara. Ni esa mañana ni el día que la siguió me sentí finito, corto, mortal.  
El tiempo se me hizo temprano, como si siempre hubiera estado ahí, sujetándole las manos frías al finado. Lo sentí correr desnudo por nuestros labios de alambre; de horas y minutos, lo sentí trastabillado en las lenguas que no saben o no pueden hablarlo.  Y nos sentí tremendamente incorrectos, porque le robábamos algo a una historia que nunca se dijo nuestra. Una historia que reclamamos imperfecta, pero por sobre todo, que reclamamos posible y, entonces, profundamente nuestra.
Néstor fue un tipo que sintió la política. Se murió de política, si tal cosa existe, y en el instante de su muerte, seguramente, la vida no tuvo nada que agregar, como pasa con los hombres que mueren como vivieron.
Nos dejó un país dividido y nos dio enemigos políticos para celebrar nuestra diferencia y así sabernos más juntos inclusive contemplando muchas veces lo que nos separa. Voluntad, ideales, oportunidad, palabras que parecían agacharse a la sombra de un presente demasiado real y frívolo para ellas, nos las dejó colgando de los labios, o nosotros las pusimos ahí, sin vergüenza, en el lugar que les corresponde, las gargantas.
Mis flores del 27 fueron de agradecimiento por la sed inapagable de política que nos dejó. De agradecimiento por el legado de un cambio que, como lo sentí en la plaza, puede ser mucho más grande y mucho más nuestro. Y le agradezco sobre todo eso, que es mucho: poder decir “nuestro” y no sentir el desamparo de la historia.

1 comentario:

  1. Entre los gestos ocasionados por la inesperada muerte de una persona, en nuestro imaginario aparecen como la cumbre de lo inapropiado alimentos como la risa, la mueca, el chiste macabro, el escupitajo al cajón o el silencio. Ajustado al cínico, al repulsivo, al inadaptado, es el reflejo que corresponde al monstruo. Nunca mejor la frase que Cortázar recuerda no se dónde de unos de sus compañeros de colegio: “¡Qué risa, todos lloraban!”.

    Cuando muere aquel creído por sus contemporáneos como un ser casi memorable, nace, cabalgando junto a la confusión que ya deja su recuerdo –siempre parcialmente organizado, siempre cósmico-, el intento de componer la cadencia del mito con su condimento necesario: la exaltación virtuosa, melodía previsible. Opera por debajo, entre todos, y esencialmente, por sobre nuestro, el hambre por saltar fuera-delocotidiano y morder aunque sea una pizca de sorpresa. Nunca se aceptaría, pero es la ocasión para convencernos de que, después de todo, algunas vidas pueden ser trascendentes. ¡Y nosotros somos partícipes! Lejos de predicar egoísmo, incluso sus más descarados enemigos le conceden el título noble al difunto, sin recelo, con gusto. Practicar la ceremonia civil del último adiós es casi masturbarse, relamer la herida de la propia miseria, pero somos libidinosos: entonces se planean discursos aceptables, muecas notorias, lágrimas a tono y comentarios sulfurosos, de esos que corroen para el ricordo. Y nuestra época –o los noticieros de una época- llama manifestación popular espontánea a un fenómeno material predecible.
    Cuando uno asiste a semejante parafernalia en Plaza de un Mes Cualquiera, comprende por qué la Historia es magnánima en el relato de los hechos. Pero no es culpa de los historiadores, que, pretendiendo sentido común y buen gusto, se ponen a tono y se visten parejos a la sabiduría de su tiempo.
    Los hombres son, dice Emerson, representantes de cosas, y por último, de ideas.
    Ha muerto la persona y de sus restos, de su natural descomposición, haremos entre todos el esfuerzo –voluntario o involuntario- para que se surja el personaje. El tiempo hará que se imponga. Será caricatura vista en clave de prócer, macho beta de un partido idealista, vástago de una generación alocada y muy seria al mismo tiempo; en las clases de cuarto grado –si los hechos son favorables- se dictará en su biografía el atributo de haber sido “canalizador de los sentires y decires de un tiempo sin mayor portavoz” y los chicos copiarán estas palabras en forma mecánica, poco alucinados, un poco aburridos; se estudiará su biografía como se recorre la historia natural de los minerales, o como se argumenta la evolución pausada de la jirafa. Con el debido respeto y con las mismas ganas.
    Escribo sobre el tema como lo hago cuando estoy indignado porque me salieron mal unos huevos fritos, o como cuando pago por ver una película que no vale ni la energía para proyectarla, y encima después la recomiendo. Escribo porque para muchas desgracias, es mi oficio, aunque no se note y lo haga mal y como un torpe.

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